En el jardín del Prado

  • El olfato. Jan Brueghel “El Viejo” y Rubens. 1617-1618. © Museo Nacional del Prado.
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Bloggin Madrid

Por Ignacio Vleming

No todos los artistas han representado las flores con el mismo amor. El botánico Eduardo Barba, que ha estudiado las plantas de más de 1050 obras del Museo del Prado, explica como algunos estilos y escuelas tuvieron un especial interés por el mundo vegetal.

Por ejemplo los pintores flamencos copiaron con extraordinario preciosismo violetas, margaritas, claveles o tulipanes, y por supuesto los lirios que casi siempre acompañan a la Virgen de la Anunciación. Incluso algunos, como Patinir, quisieron plasmar ecosistemas completos en sus paisajes, donde se aprecian gran diversidad de flora, entornos salvajes y agrícolas, y fenómenos atmosféricos concretos (sus tormentas primaverales son deliciosas).

En el rococó los jardines se convirtieron en el escenario preferido para muchas situaciones galantes y en el periodo romántico la rosa alcanzó el valor sentimental que tiene hoy.

Hay más de 200 en el museo, según asegura Barba, autor del libro El jardín del Prado. Aunque todavía sea aconsejable permanecer en nuestras casas, durante este mes de mayo, mientras los parques se preparan para recibirnos, os propongo un recorrido virtual a través de algunos de las flores más hermosas de la colección.

Son muchas las Anunciaciones que pueden verse en el Museo el Prado. En la mayoría de ellas aparecen unos lirios que representan la pureza. Estas azucenas blancas, que probablmente introdujeron los cruzados europeos desde Oriente Próximo, están entre el arcángel San Gabriel y la Virgen María en el Retablo de la Vida de San Francisco de Nicolás Francés, un obra exquisita del gótico internacional, y en la tabla de Luis Morales, uno de los máximos exponentes del manierismo en España.

Mientras, estos mismos lirios han sido sustituidos por una zarza ardiendo -referencia a la historia de Moisés- en La Anunciación de El Greco. Más adelante, el siglo XVII, los pintores del barroco trataron de representar esta aparición con todo el naturalismo que permite una escena que en sí misma es  sobrenatural. Más o menos lo consiguieron haciendo que al ángel portara en sus brazos las flores, como si fuera entregárselas a la futura madre para darle la enhorabuena. Así lo hacen y con muy buenos resultados Murillo o Francesco Rizi.

Sin embargo, en La Anunciación de Fra Angelico, una de las obras más importantes del Quattrocento conservadas en el Museo del Prado, no encontramos los tradicionales lirios. En su lugar, a la izquierda de la pintura y fuera ya de la loggia donde tiene lugar el encuentro entre el arcángel y la Virgen, se abre el Jardín del Edén, salpicado de flores y frutos como si fuera un tapiz.

Aunque la escena muestra la expulsión del Paraíso –la terrible historia de Adán y Eva y el pecado original–, a mí siempre se me han ido los ojos a los capullos de amapolas del primer término.

Las flores pueden ser también un atributo heráldico, como la rosa roja de los Tudor que sostiene en sus manos la que fue segunda mujer de Felipe II en uno de los mejores retratos de Antonio Moro.

No tienen ningún significado específico el bouquet de flores, probablemente rosas, que adorna el pecho de Isabel II en una obra de Federico de Madrazo, realizada ya en pleno siglo XIX, sin embargo sí parecen predecirnos algo las flores que sostiene Carlos III, niño, en su gabinete de Jean Ranc. Como se ha repetido una y mil veces en guías de viajes y libros de historia de España, el fue el rey ilustrado por excelencia, y entre sus empresas estaría la promoción de la ciencia y la botánica.

La ofrenda floral a la Virgen María y al niño Jesús es otro de los temas imprescindibles en esta relación que estamos haciendo. En La Sagrada familia de Bernard van Orley, autor flamenco del siglo XVI, un ángel se dispone a rociar con flores al recién nacido, mientras otro corona a su madre, más preocupada por amamantar a la criatura que por un hecho tan poco habitual.

Podríamos considerar este cesto calado, un precedente de los bodegones de flores que tan importantes serían en la pintura de Flandes y de los Países Bajos durante el siglo XVII. Tiziano también tiene una preciosa ofrenda de rosas protagonizada por Santa Dorotea y San Jorge en la que, esta vez, es el bebé quien toca con sus manos los pétalos de las rosas.

Existe una versión pagana de este mismo tema que es La ofrenda a Flora: hay un excelente ejemplo el Museo del Prado del madrileño Juan van der Hamen y León . Aunque si tuviéramos que elegir a los maestros de la floripintura en el siglo XVIII -una época en la que los floreros pintados empezaron a sustituir a las flores naturales durante los meses de invierno- probablemente muchos coincidiríamos en citar otros nombres.

Clara Peeters dotó a sus naturalezas muertas de vida incluyendo de vez en cuando flores en sus bodegones de alimentos; los cestos llenos a reventar de tulipanes, jacintos, iris, peonias, claveles o narcisos de Juan de Arellano son tan abrumadores que no sería extraño que un espectador asegurase sentirse aturdido por el aroma; y Jan Brueghel “El Viejo”, que no sólo pinto las guirnaldas y coronas de muchas pinturas de Rubenes, sino que también hizo junto al maestro de Amberes las alegorías de los cinco sentidos, entre las que El olfato está representado con flores y más flores fundamentalmente.

Si bien este jardín representado por Jan Bruehel el Viejo y Rubens era imaginario, el que tres siglos después pintarían Mariano Fortuny y Raimundo Madrazo era real. Se trataba del que había en la casa de Fortuny en Granada. En este bellísimo cuadro de pequeñas dimensiones vemos a la esposa del primero pasear entre petunias, adelfas y malvas reales, las mismas que también plasmaría en otro lienzo de forma aislada.

Cuando el artista retrata a sus hijos en el salón japonés hace un ejercicio asombrosamente moderno de pintura dentro de la pintura en el que se confunden los estampados de la tela, la pared empapelada del fondo y las flores de interior –plantas exóticas de climas tropicales que adornaban las casas de la burguesía–. Porque, al fin y al cabo, ¿qué es el arte sino el engaño de los ojos?


Pese a tener un apellido de origen holandés, Ignacio Vleming se considera tan madrileño como un chotis. Es periodista y poeta, y comparte en este blog rincones, curiosidades y anécdotas de la ciudad.


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