Senda botánica de El Retiro

  • Rosaleda de El Retiro. © Álvaro López del Cerro
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Bloggin Madrid

Por Ignacio Vleming

Durante estas semanas de confinamiento, muchos madrileños esperábamos impacientes la apertura de los parques. Por fin, desde el pasado lunes 25 de mayo, El Retiro volvió a ser «el jardín de los que no tienen jardín», como decía el escritor Ramón Gómez de la Serna. Una manera especial de reencontrarse con este lugar histórico, propuesto por el Ayuntamiento de Madrid para que forme parte de la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, es seguir la senda botánica diseñada por el Centro de Educación Ambiental.

El Centro de Educación Ambiental de El Retiro tiene publicada una senda botánica dividida en siete tramos por estos antiguos jardines del desaparecido palacio de recreo de los reyes de España. Mandado construir para el rey Felipe IV por el Conde Duque de Olivares –entre sus mayores proezas destaca la de convertir en un vergel las más de cien hectáreas de páramo castellano que hoy son este pulmón verde de Madrid–, el parque es un conjunto paisajístico único que refleja 400 años de jardinería en nuestro país.

Podemos empezar por la zona más antigua del recinto, la que se vería desde las ventanas del palacio, del que en a actualidad sólo conservamos algunos elementos integrados en el nuevo Museo del Prado –el Salón de Reinos y el Casón–. Esta área discurre en paralelo a la calle Alfonso XII. A través de la puerta barroca de Felipe IV –también conocida como puerta de Mariana de Neoburgo, segunda esposa del monarca– entramos en el Parterre, un jardín de estilo francés que podría recordarnos a los de La Granja.

Cuatro calles longitudinales y cuatro calles diagonales se cruzan formando una retícula geométrica con dos grandes fuentes en el centro. Dentro de este orden, sin embargo sorprende, entre los laureles recortados y el boj, un árbol de 25 metros de altura, el ahuehuete incluido el Catálogo de árboles singulares de la Comunidad de Madrid. La leyenda dice que durante la Guerra de la Independencia las tropas de Napoleón colocaron entre sus ramas los cañones para defender el fortín que habían levantado un poco más arriba, junto a la estatua del Ángel Caído.

Fue uno de los pocos árboles que sobrevivieron a la tala indiscriminada por parte del ejército francés y, por lo tanto, uno de los más antiguos del parque, datado en torno al año 1633. Hay quien ha sugerido que este árbol de origen mexicano es hijo de aquel otro bajo el que lloró Hernán Cortés la conocida como Noche Triste, justo después de haber sido derrotado a las afueras de Tenochtitlan. En este mismo lugar suelen llamar la atención de todos los paseantes unos cipreses topiarios –es decir podados– cuyas copas llevan años siendo recortadas para que parezcan nubes, lo que le da cierto aire de estampa japonesa al Parterre.

Si avanzamos según el sentido contrario al de las agujas de un reloj, desde aquí podemos subir las escaleras o la rampa para adentrarnos en el Jardín de los Planteles, el más umbrío de los que conforman El Retiro. Su sistema de riego por inundación, que ya no se utiliza, es similar al de Aranjuez.

En esta parte abundan los tejos, las acacias, las celindas y los robles, pero los más numerosos son los castaños de Indias que flanquean los paseos y cuyas hojas en otoño se tornan amarillas. En las zonas más húmedas hay lirios y lilas de California. No muy lejos de aquí se encuentra el  Bosque de El Recuerdo, un pequeño cerro artificial levantado en 2004 y coronado por cipreses que rinde homenaje a las víctimas de los atentados del 11 de marzo.

La esquina suroeste del parque es una de las más elevadas de El Retiro. En amplias praderas, al más puro estilo de los asilvestrados jardines ingleses, se elevan sobre el horizonte pinos piñoneros, cedros del Atlas y eucaliptos.

Desde aquí podemos descender al Vivero, donde se encuentra el Centro de Educación Ambiental, y a la Huerta del Francés, con más de 300 almendros que a finales de febrero parecen estar nevados gracias a sus flores blancas y rosas. Al subir por el Paseo del Duque de Fernán Núñez dejamos a un lado las ruinas de la antigua Real Fábrica de Porcelanas y llegamos, después de pasar por delante de la estatua del Ángel Caído, a la Rosaleda.

La Rosaleda de El Retiro fue diseñada por el jardinero Cecilio Rodríguez en 1915 a imitación de la que había en el Bois de Bologne de París (por lo visto la Primera Guerra Mundial le encontró en la capital francesa). Tiene alrededor de 4.000 rosales. Por desgracia no se conserva la estufa que el Marqués de Salamanca regaló a la ciudad y que se ubicaba en este mismo lugar. Justo al lado se encuentra un enorme pino carrasco que también forma parte del Catálogo de árboles singulares de la Comunidad de Madrid y que tiene más de 200 años.

En dos pasos llegamos a la esquina sureste del parque, al Jardín de Vivaces, una leve pendiente en el que crecen algunas especies difíciles de ver en otros rincones de la ciudad, como la secuoya gigante el podocarpo. En el mes de mayo han florecido las decenas de acantos, la planta en la que se inspira el capitel corintio, que hay entre las encinas.

El centro de El Retiro, el entorno algo hundido en el que se levantan el Palacio de Cristal y el de Velázquez, es el conocido como Campo Grande. Durante el siglo XIX fue un espacio dedicado a las ferias, de las que son legado estas dos preciosas salas de exposiciones temporales del Museo Reina Sofía.

En el sendero que parte desde la Rosaleda hacia el norte encontramos el monumento a Ricardo Codorníu, conocido como “apóstol del árbol” por ser uno de los grandes impulsores de la reforestación de la península y a la izquierda un jardín de inspiración oriental en torno a un arroyo sinuoso cruzado por puentes. Aquí hay un árbol de palosanto y varios grupos de palmitos, uno tan grande que también ha sido incluido en el Catálogo de árboles singulares de la Comunidad de Madrid. Menos inadvertidos pasan los cipreses calvos que emergen de las aguas del lago que hay delante del Palacio de Cristal –construido como invernadero para las plantas que se trajeron a la Exposición colonial de Filipinas de 1887–.

Al otro lado del Paseo de Coches de El Retiro se encuentran los Jardines de Cecilio Rodríguez,  con sus pérgolas, pasadizos, fuentes, bancos y setos perfectamente ordenados al modo italiano. En este tranquilo lado este del parque, lugar elegido por los pavos reales para vivir, levanta sus ramas el arce plateado que, dada su excepcionalidad en nuestro entorno, también forma parte del Catálogo de árboles singulares de la Comunidad de Madrid. Lo podemos reconocer pos sus grandes hojas abiertas y estrelladas que pierde cada invierno.

En el camino que va hacia la Casa de Fieras, que fue el primer zoo de Madrid y hoy es la Biblioteca pública municipal Eugenio Trías, hay un sauce llorón y un ginkgo biloba. A los botánicos les encanta fascinarnos contándonos que se trata de una de las plantas más antiguas que existen en la tierra, puesto que se han encontrado fósiles de esta misma especie de hace 270 millones de años. Es un árbol muy resistente, como demuestra que sólo un año después del estallido de la bomba nuclear en Hiroshima, mientras toda la ciudad seguía en ruinas, volvieron a brotar las hojas con forma de abanico de un viejo ejemplar. Desde entonces, en Japón, representa la esperanza y el renacimiento.

Los últimos dos tramos de la senda discurren en torno al Paseo de Coches hasta El Reservado y desde allí, por el lateral norte hasta la Puerta de Alcalá. En la esquina del Paseo de Venezuela, muy cerca del bar mirador del estanque, hay un olmo, reconocible por sus hojas lanceoladas. Hasta la propagación de la enfermedad de la grafiosis fue el árbol más común de El Retiro. En su lugar abundan los plátanos de sombra, de los que hay más de 1.000 ejemplares en el parque, algunos con portes monumentales, como el que crece en las proximidades al monumento a Martínez Campos.

En El Reservado, la parte nordeste de El Retiro que Fernando VII decidió mantener cerrada al público tras volver a España, hay una curiosa variedad de especies arbóreas. Como si trataran de competir con los caprichos que adornaban este jardín romántico –la Casita del pescador o la Montaña de los gatos–, aquí encontramos un huingán, de origen sudaméricano, un pitósporo, con flores blancas de cinco pétalos, o un ailanto, introducido en Europa desde China a finales del siglo XVIII y hoy considerada invasora, dada su extraordinaria facilidad para reproducirse en nuestro clima.

En este tiempo de confinamiento han florecido los magnolios y los granados, que se encuentran en distintos rincones del parque. Todavía estamos a tiempo de disfrutar de su esplendor primavaral. Los árboles de Judas o del amor, de los más numerosos de El Retiro, perdieron ya sus llamativas flores moradas.

Cada estación es distinta, cada semana algo cambia en este maravilloso paisaje vivo. Para más información es posible visitar la web del Centro de Educación Ambiental, que pronto reanudará su actividad, y descargarse un pdf con la senda botánica completa. La mayoría de los árboles mencionados cuentan con un cartel explicativo. Ahora toca disfrutar del aire libre y perderse entre los claros y las sombras por este jardín histórico.


Pese a tener un apellido de origen holandés, Ignacio Vleming se considera tan madrileño como un chotis. Es periodista y poeta, y comparte en este blog rincones, curiosidades y anécdotas de la ciudad.


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